Pájaro, por Juan Calzadilla

PÁJARO

Juan Calzadilla

Aparte de ser el seudónimo sortario de Juan Vicente Hernández (venezolano nacido en 1952), PÁJARO (a quien en adelante denominaremos Pájaro en minúsculas) es el autor de una obra que por extraña pasa a ser poco común en Venezuela. Su casual y sorprendente parentesco con el surrealismo ortodoxo (tan mal visto en el marco de nuestra pintura abstracta y figurativa) arrastra tras sí la maldición que pesa sobre toda imagen bella que se esfuerza en subvertir el código aceptado para acceder al dominio de las asociaciones profundas. No es, por consiguiente, una obra de fácil abordaje ni su lectura puede dejarse a los simplificadores.


Pero tampoco puede decirse que la elaboración meticulosa, tánica, precisa y objetiva que emplea Pájaro en cada una de sus composiciones, junto a la simbología onírica de sus temas, escape a ciertas referencias (de ningún modo gratuitas) que mantiene su pintura con una tendencia muy marcada entre algunos de nuestros mejores dibujantes actuales a crear clínicas y ambientes fantásticos. Existe, así pues, como reacción contra el reblandecimiento de las vanguardias, una marcha surrealista que sus cultores, muy escasos en verdad, convienen en hacer a pie. Con estos, Pájaro toma partido por un arte metafórico, que alude al universo inconsciente de la imagen a través de la bien estructurada y resuelta constitución de un espacio visual coherente consigo mismo.

Mar de leva, óleo sobre tela, 90 x 100 cm
Autor: Juan Vicente Hernández (Pájaro)


Pájaro comenzó a pintar de manera sistemática, y por una vía autodidacta, desde hace cinco o seis años. Pero su único vínculo serio, en sentido académico, con la pintura proviene de los museos que visitó desde infancia en Europa. A su entorno a Caracas, en 1974, no estaba bastante convencido de poderse dedicar a la pintura, y su conocimiento del movimiento plástico venezolano era, por suerte, muy escaso; había practicado el dibujo de acuerdo con el archiconocido sistema de copiar objetos reales, y adquirió amplias nociones sobre preparación de materiales que le han sido de gran utilidad en su obra actual. En Caracas presentó, con resultados satisfactorios, una obra en el Salón de Jóvenes Artistas montado en 1979 en la C.A.N.T.V. Era, por cierto, una pintura de apariencia fotorrealista, elogiada por los pocos que percibieron su carga poética, pintura que sirvió de punto de partida, de anuncio, de la obra solitaria que, al margen de grupos, con esa obstinación igualmente desconocida por la mayoría de nosotros, apartado de tertulias y de salones de arte, Pájaro ha venido realizando, de dos años a esta parte, más por necesidad religiosa de mantener la vitalidad de su propio monólogo que por la intención de querer comunicar a otros su experiencia artística.


Lejos de nosotros la intención de encasillar a Pájaro en el surrealismo. Los escuetos datos de su currículum poco aportarían a favor de una militancia que, en lo que compete a vanguardias, a menudo está llena de sandeces y prejuicios intelectuales. El surrealismo de Pájaro es más un modo de sentir y de ser en la obra que un modo de actuar; en este sentido, es connatural a la experiencia visionaria, como ocurre, en otro plano, con ciertas obras de Emerio Darío Lunar. El surrealismo de Pájaro no resulta de una actitud asumida a la vista de los precedentes icónicos con los que podría ofrecer cierta filiación: Magritte, Dalí, Delvaux? No hay nada de literario en la postura y en la obra de Pájaro, fuera de lo que puede deducirse del hermetismo de sus cuadros, cuyo derecho de explicar él defiende. Hermetismo que nos trasmite cierto sentimiento de gravedad inocente, aunque terrible, de la situación en que nos vemos involucrados a partir de esos elementos que le obsesionan (mujeres- híbridos de pájaro, estatuas, mármoles, rocas, globos, fotografías y espacios congelados) y que él pinta para acatar la voz oculta y el silencio tenso de las formas del silencio construido.


Lo importante es que se trata de una obra en proceso, ajena al riesgo de las fórmulas estereotipadas, y que, abriéndose definitivamente, muestra la versatilidad de una búsqueda múltiple, enriquecida paso a paso con lo que el pintor va descubriendo paulatina y espontáneamente, con cada nuevo trabajo. La investigación es paralela al sentimiento de seguridad que le comunica un trabajo laborioso y lento que opone a la improvisación un método flexible para materializar un universo de símbolos físicos, un método clarividente que conduce siempre a la cuestión esencial de representar las cosas, no para hacerlas exteriormente verosímiles, sino para denunciar su relación interna con lo absurdo, es decir, con la vida. ¿No es ésta acaso la relación que intenta definir una de sus primeras obras, esa máquina de coser frente a la que no podemos dejar de pensar en la célebre definición que Lautréamont dio del universo de la poesía, o sea, como el encuentro fortuito de una máquina de coser y un paraguas sobre una mesa de disección?

Jardín Bajo La Luz De la Luna,
técnica mixta, 148 x 100 cm.
Autor: Pájaro

Un artista de voz nueva y firme cuya obra hay que celebrar con la metáfora de uno de sus más brillantes cuadros: una selva de cactos gigantes en un desierto donde se desbanda, codo a codo con la vegetación hidrófita, un ejército de globos tricolores, en ascenso hacia un cielo prístino como nuestra aspiración? Es el sueño de la incertidumbre de vivir en este suelo frustrante, bello sólo como paisaje y válido sólo como imagen poética? O admitimos simplemente que el hibridaje cacto-globo es la definición vaporosa del concepto de patria? El mismo Pájaro en persona no sabría explicárnoslo. Nosotros tampoco.
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La pintura durante el siglo XIX
Publicado en Puntos de vista.

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