La escritura y sus culpables: Entrevista a Juan Calzadilla, por Sergio Dahbar

La escritura y sus culpables / Juan Calzadilla

 

 

Mi identidad ama

ir a rastras

 

Sergio Dahbar

 

Juan Calzadilla estuvo sentado sobe un polvorín. Corrían los años sesenta. Era la época del techo de la Ballena, cuando un grupo de creadores intentaba una equivalencia entre la violencia social, política, urbana, de esos años, y el lenguaje de sus obras. Eran unos días difíciles, donde los planteamientos ardían por su agresividad y las posturas ideológicas hacían sonar estertores en toda la extensión del territorio nacional. Olía a carne cruda, a informalismo, a declaraciones donde los salones de pintura eran abolidos por los salones de belleza y donde cualquier punto de conformismo se combatía con los dientes. Era una época donde, extrañamente, las cosas se decían por su nombre y nadie le tenía miedo a las verdades.

El país cambió. Veinte años es un lapso demasiado corto, pero basta para permitir opciones radicales en los hombres. Muchas son las razones que esbozan los implicados para justificar los vaivenes de aquella vida agitada. Muchas las causas del lento movimiento que cursó aquella generación de creadores, donde los manifiestos más feroces le dieron lugar a las más sangrientas becas de hoy, ahogadas en alcohol y dinero.

Juan Calzadilla estuvo sentado sobre este polvorín, soportó el estallido del mundo y apretó los puños con fuerza, para recibir las sacudidas que vendrían años después. Y tuvo que cerrar muy bien las manos para no caer en las tentaciones de sus compañeros de generación. Las evidencias no mienten. Ni difaman a nadie. Este poeta, narrador, crítico de artes plásticas, pintor y creador, que debería haber vivido en el renacimiento y no en nuestros días, no tiene ningún programa de televisión. Ni becas que le permiten conocer todos los caminos del infierno de Dante en las cuevas de Sabana Grande. Ni ha publicado un solo libro para luego dormir sobre sus laureles, abotagado de complacencia y promesas sobre la obra que vendrá.

No, Calzadilla es de una raza diferente. Su sociedad deviene de su carencia de compromisos con las mentiras literarias y culturales del medio. No tiene posturas eventuales, para luego volverse sobre ellas con la menor indiferencia. Ni cree estar trabajando la gran obra de la literatura universal. Por lo tanto es una persona non grata, peligrosa por su tendencia a la honestidad, que algo debe traer entre manos cuando se aparta del éxito fácil, del amiguismo tranquilizador y trabaja en silencio, sin muchos ruidos, permitiendo ver las verdaderas nueces de la creación.

 

El fraseológo se decide a hablar

 

Mencionar toda la obra de Juan Calzadilla sería una tarea ardua. Basta con acentuar que es un artista plástico que nos permite la emoción frente a sus formas nerviosas, como estallidos de la tinta que se repiten en la página, entre negros y blancos; que sus libros de crítica en este mismo campo han trabajado como pocos la investigación de autores trascendentales para nuestro patrimonio visual; y que su producción literaria no ha dejado de sorprender ni a quienes no comparten su vertiente escritural.

Sus títulos poéticos se inician en 1962, con Dictado por la jauría, publicado por las ediciones del Techo. Luego vendrán Malos modales (1965), Las contradicciones sobrenaturales (1967), Ciudadano sin fin (Antología, 1969), Manual de extraños (1976) y Oh Smog (1978). Hoy, 1982, vuelve por el camino poético con Tácticas de vigía. Estructurado en tres cuerpos: El fraseológo y su candor, Paisajes y Tácticas de vigía, esta nueva obra de Calzadilla viene acompañada por dibujos del autor, suerte de viñetas que parecen junto a cada poema.

Juan Calzadilla no parece ser un hombre adicto a las entrevistas. En cierta manera se enfrenta  ellas con un puñado de nervios que desahoga con un juguete sueco en sus manos. Es un anillo de metal que se retuerce y dobla de mil formas distintas. Y sin observar al que pregunta ni al grabador, se lanza a hablar.

“La poesía de Tácticas de vigía tiene una orientación marcada hacia la síntesis y la reflexión. Esto se da apoyado en las gráficas. Y creo que es interesante ver una equivalencia entre el lenguaje escrito y el lenguaje visual. Hay en los textos y en las gráficas una expresión de tensiones que son análogas en la construcción del verso y en la construcción del signo visual. Tensiones automáticas que en la poesía llevan al desencadenamiento de las ideas.

–¿Entonces las ideas no son anteriores al hecho de escribir un texto?

–Hay una reflexión de Goethe que dice que “las ideas se originan en el sentimiento”. Y un sentimiento puede ser representado con el mismo grado de intensidad verbal o plástico. Yo diría que la formación de ideas es posterior o simultáneo al hecho de escribir. Ahí es donde se vincula la escritura con el sentimiento. En la poesía no puedes tener una idea previa. La idea surge a medida que el lenguaje lo va determinando.

–Si las ideas surgen al mismo tiempo que la escritura o son posteriores a ella, ahora que el libro ha sido publicado, ¿qué ideas, conceptos o perspectivas descubres en tus poemas?

–Mis textos (sería pretencioso hacerlos pasar por poesía) tratan sobre situaciones cotidianas que se tornan absurdas a causa de su extrema obviedad. Se descubre la paradoja en la contradicción que hay entre hecho descrito (la realidad) y el lenguaje. Ambos aspiran a hacerse autónomos, se contradicen. La poesía nace de la suma de contradicciones. Se produce entonces una situación cómica que desarma el prejuicio del lector que considera erróneamente a la poesía como a un género serio.

–Si tus textos le dejan lugar al humor, a situaciones que se vuelven absurdas y cómicas, ¿no crees que pueden ser considerados como antipoemas, apartados de la seriedad con que quieren enfrentar a la literatura los escritores?

–Parece que los poetas no quieren entrar en este tipo de juego. Le otorgan demasiada seriedad a su trabajo.

–¿No será que parten de la idea de estar haciendo una gran obra?

–Eso es una cuestión de papeles. Tomarse, por ejemplo, demasiado en serio el papel del intelectual. Y creo yo que mientras menos toma uno en serio la cuestión de la categoría verbal o literaria, tanto más libertad tiene para producir.

–¿Con qué libertad se enfrenta Juan Calzadilla al papel en blanco?

–Cuando trabajé Tácticas de vigía tuve problemas con la estructura que quería darle al libro. Pensaba colocar en las primeras páginas los versos que más se adaptaban a la estructura poética tradicional. Y dejar para el último lo que es menos convencional, esos aforismos que al principio consideré como en segundo término de importancia. Luego alteré este orden y lo coloqué como salió el libro ahora. Creo que hay que tener mucho valor para desprejuiciarse y pensar que la poesía puede darse en cualquier forma de lenguaje, independientemente de que esté o no inscripta en la tradición de lo que se conoce aquí como poesía.

 

Las mentiras del Techo

Juan Calzadilla va a hablar del techo de la Ballena y se queda pensativo un instante.

–Qué polémicas que tienen hoy los ex integrantes del techo.

La frase suena con una distancia extraña. Es que Calzadilla se ha apartado realmente de aquella época y sus palabras parecen venir de una persona que ya no recuerda sus años pasados. Pero sí los recuerda y con una agudeza asombrosa.

–¿No crees que de alguna manera usted es uno de los pocos que triunfaron en el techo…? Triunfo respecto a la derrota de quienes no pudieron llevar a cabo aquello que se proponían. Triunfo respecto a quienes no hicieron una obra renovadora, ni pudieron salir de la quietud de una borrachera inagotable?

–A mí me parece que el Techo de la Ballena no dejó ninguna obra. No realizó una obra consecuente con sus planteamientos vitales y creadores. Fue la plataforma ideológica lo que existió, que si tenía que ver con lo que se estaba viviendo en aquel momento. La proposición del Techo… era una renovación del lenguaje. Y hubo renovación sólo a nivel de proposición. Pero no en la obra. Que es el lugar donde hay que ver los verdaderos cambios de una renovación. Los lenguajes que se produjeron eran débiles, porque la conciencia era débil frente al problema fundamental del escritor, que es la escritura misma. Entonces se cayó en lo mismo que se combatía. Falsos realismos, literatura lineal, anecdótica. Es decir, si la proposición fundamental del Techo… era asumir el surrealismo desde una perspectiva nueva, de violencia, de cambio, eso no se cumplió en la obra de sus integrantes. El Techo… vivió el surrealismo no como actividad vital, como debe ser, sino como un actor vive un papel en una obra. El surrealismo dice que el lenguaje transforma al individuo y que el individuo y lenguaje son una misma cosa. Esto no sucedió en el Techo… Se quedó en pura intención.

–¿Cómo sitúa a Tácticas de Vigía frente a este juicio del techo de la Ballena?

–Mi poesía es consecuente con lo que en aquel momento se creyó. Porque estaba en mí, más allá el grupo. En mi era práctica cotidiana y no una postura eventual frente a la literatura. En mí era (y es) una cosa esencial. Y no se puede juzgar más que por esa obra que produje.

 

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Publicado en Entrevistas.

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