Máximas de una narrativa mínima, por Coral Pérez Gómez

El presente texto forma parte de una monografía completa de la editora, poeta y ensayista Coral Pérez Gómez sobre la  obra narrativa del escritor, poeta y filósofo Juan Antonio Calzadilla Arreaza.

Máximas de una narrativa mínima:

Álbum del insomnio y La hendija reeditados

Coral Pérez Gómez

 

A Juan Antonio Calzadilla se le conoce por su trabajo de difusión de la obra y el pensamiento Simón Rodríguez, por sus Módulos de Promoción de Lectura (siendo pionero en su metodología) y por su labor de divulgación histórica (a través de su ensayística y en su participación en el concepto y redacción de la revista Memorias de Venezuela). Se le conoce también por las publicaciones de estos años: El libro de Robinson, la antología comentada de Simón Rodríguez, el pequeño libro sobre Ezequiel Zamora, Poemas sociómanos y Crónicas y tópicas de la Edad de la Muerte. Sin embargo, el Juan Antonio anterior al año 2000 es menos conocido hoy en día. A finales de los 70 ya publicaba ensayo, narrativa y poesía en revistas y periódicos. Réquiem a traición es su primer poemario y un libro único en su expresión surrealista. En el 88 publica su primera novela, Parálisis andante, que abre una etapa, y cuya amplia recepción crítica inicia la controversia sobre si se trata o no de una novela, siendo la anti-novela con la que gana un espacio en la narrativa de los 90. En opinión de Antonio López Ortega es “la novela vuelta pedazos”[1]. Algunos de los relatos presentes en esta fueron incluidos en importantes antologías de narrativa y del cuento breve, como las de Luis Barrera Linares, Julio Ortega, Julio Miranda, Fernando Burgos y Violeta Rojo[2]. Además, publica el libro de ensayos El juego de los aparatos (1989) y su libro negro: Hipomanía (1995).

 

La reedición conjunta de Álbum del insomnio (1990) y La hendija (1995) publicada este año por la Editorial Acirema es un homenaje y un testimonio de su aporte a la literatura de los años 90. Este aporte se resume en: la transgenericidad, lo autobiográfico y la auto-ficción, su prosística, el tratamiento de la figura femenina y la construcción fragmentaria como visión de mundo o apuesta filosófica, entre otros tópicos. El método fragmentario que parte de su primera novela se va sistematizando, es decir, depurando y matizando, dando como resultado propuestas más específicas. Álbum… propone un serialismo fragmentario, o la lectura con cierta secuencia libre, lo que ya había propuesto el escritor argentino Julio Cortázar, para que el lector regule la lectura activa. La hendija, cuyo serialismo abierto y constructivista propone lo poli-serial, o las series intercaladas y paralelas, resulta más elaborado, siendo paradójicamente la novela más breve. Igualmente, de la sistematización del método llega a la propuesta minitextual con Crónicas y tópicas de la Edad de la Muerte (2010), donde se puede apreciar ya su narrativa más desde la dinámica del minitexto que del fragmento. Rasgos todos de su propuesta culminantes en este libro: construcciones minitextuales donde reinan el anacronismo, anatopismo, la parodia de estilo, la paradoja filosófica, el conceptualismo, la crítica de arte, la retórica o arte poética, una mezcla aún más postmoderna.

 

Ahora, ¿por qué reeditar juntas Álbum del insomnio y La hendija? ¿Qué representan cada una? Si bien en su momento se relacionó Parálisis andante con la novela juvenil venezolana por excelencia, Piedra de Mar de Francisco Massiani, creo que Álbum del insomnio es la que encarna ese parentesco, aunque la crítica no comentó esta filiación. Aquellos argumentos de Sergio Dahbar (“…bien podría ser el Piedra de mar de una década agonizante”[3]) y Julio Miranda (“…nos encontramos con una versión más desolada y dura, también más intelectualizada, y formalmente variada, de aquellos devaneos infantiles sin esperanza ni destino”[4]), con los que se fundamentó inicialmente esa filiación con Parálisis andante, cuyo subtítulo es “Memorias de la inmadurez”, podrían ser los que acercaran incluso más a Álbum del insomnio con el hermoso libro de Massiani. Ambas cuentan la historia de personajes con una trayectoria de vida parecida: de la infancia a la adolescencia, terminando con estudios en la universidad, pero considero que en Álbum no solo hay una correlación con el ideario y el sentimiento juvenil, asentados en la dinámica agónica de vivir, entender y expresarse durante el proceso propio de crecimiento hacia la madurez, sino que en lo relativo a la consolidación y a la unidad cerrada de ciertas temáticas, Álbum del insomnio desde su particularidad, sí sería lo que se conoce en la tradición una novela de juventud, de formación, de aprendizaje, en la línea de Juan Cristóbal o Los ríos profundos, en la literatura universal.

 

Quisiera referirme a lo que de esta novela comentó el crítico venezolano Oscar Rodríguez Ortiz, con un análisis brillante y singular, partiendo de esta idea: “Acaso lo más impresionante de este libro sea la peculiaridad de su prosa, no su narración”[5]. El crítico hace un estudio deteniéndose sobre el fraseo del libro, las relaciones y asociaciones de imágenes, los mecanismos psíquicos de una escritura, cuya metafórica neuronal construye estructuras inestructurables. Este análisis se hace imprescindible porque en el autor impera esa especie de psiquis estilística, y como comenta Rodríguez Ortiz: «de esta manera, la percepción de la vida, la posibilidad de captarla o narrarla, entra inmediatamente en la necesidad de discutirla con el lector». En este sentido, el crítico describe los mecanismos de producción y expresión de ese automatismo. Habla de figuras de locución, construcciones metafóricas expansivas, como una tarea entre deliberada y espontánea, todo un ramaje y arborización asociativos. Y destaca cómo el autor pareciera evocar singulares procesos que ocurren en el cerebro y en el sistema neuronal cuando se elabora la imagen y el pensamiento, pero, como dice Rodríguez Ortiz, otra porción del fraseo del libro se consigue en cortocircuitos que otra vez interrumpen la metafórica electricidad cerebral. También comenta cómo el autor entabla un diálogo tenso que no quiere seguir el camino de Proust y se abandona a las neuronas. Pero Proust será su tormento.

 

Uno de los elementos más interesantes de Álbum del insomnio es cómo están construidos los relatos, en su mayoría, desde el monólogo interior o flujo de conciencia del narrador, que reproduce diálogos y situaciones donde se comparten e intercambian las perspectivas de las voces narrativas de los personajes. Este recurso del narrador resulta un juego de conciencia consigo mismo, del adulto ya, recordando sus episodios adolescentes. En los diálogos de voces, en ese continuo desdoblamiento de conciencias con una o varias voces alternas, desdoblándose y reafirmándose a la vez, el conjunto del libro se siente como un intenso, extenso y flexible monólogo dialogante del narrador, en un versátil juego paródico, donde entran la parodia al psicoanálisis o a los súper-yos, o los literaturismos paródicos, con lo cual se cumple perfectamente el principio o clave técnica del único epígrafe del libro: un discurso que lejos de determinar el lugar desde donde habla, lo esquiva, e incluso, agregaría yo, lo ridiculiza sometiéndolo al humor. Ese narrador adolescente es una voz predominantemente cínica, de un humor irónico, negro y asociativo que se vuelve contra sí mismo y sus protagonistas. Y más que un recurso de apelación como única forma de afrontar las memorias dolorosas, tiene connotaciones culturales, simbólicas, intertextuales, que generan otras formas de lectura referenciales de las experiencias cotidianas. Ese narrador sería algo así como lo que él humorísticamente, en alguna de sus conversas con amigos, o con su conciencia, dice: “… el secreto proyeccionista de cinematogramas psicofísicos”.

 

Otro recurso de desdoblamiento o compartir vicario es la publicación en este libro, y en La hendija también, de manuscritos o textos o fragmentos de otros personajes que se revelan, a su vez, indirectamente, como especies de heterónimos del autor. Entre ellos están las cartas, el “Manifiesto célibe-pelabola”, o los “Himnos de Magdalena”. Estos últimos quedan en el apéndice del libro, abruptamente, con una intención inquietante. Salvo que el protagonista había prometido incorporarlos, tras su reencuentro, años después, con su amiga Magdalena. Pero, ¿qué son esos himnos, qué función tienen, qué connotan? Son parte de un novenario pagano donde desde el discurso lírico femenino esta voz dirige su plegaria a la figura de la Diosa más que a la del Dios. Es precisamente este apéndice lo que me da pie a esbozar mi tesis del “feminismo” del autor, por decirlo de alguna manera. Para referirme a lo femenino en sus tres novelas (Parálisis…, Álbum… y La hendija), y agregándose también Hipomanía, tomo en cuenta los dos elementos a los que se refiere el crítico cubano-venezolano Julio Miranda: la permanencia de una misma identidad en los personajes centrales y también esa “histeria e historia del ojo dolorosamente atento a la belleza femenina”. Más lo que apunta la crítica venezolana Teresa Casique[6]: que todos los nombres femeninos parecieran ser una sola mujer en su obra: «distintas e idénticas». Digamos que ese síntoma, o esa ligera perversión del ojo sexuado, como lo llama Miranda, inicialmente está presente en su primer poemario Réquiem a traición, a través de esa gran alegoría arquetipal de la figura de Alicia del escritor inglés Lewis Carroll, es decir, la Kore, la ninfeta, la eterna niña y adolescente. Y también está representado en su narrativa desde una serie de nombres femeninos, niñas, adolescentes, mujeres, cuya representación se resume en el concepto del título “óculus” de dos de los textos finales de Parálisis andante. Y vemos cómo esa figura femenina se va transformando progresivamente en sus novelas. En Álbum del insomnio y La hendija poco a poco va cobrando peso la referencia a lo femenino como entidades arquetipales, como el elemento primigenio que se abre a otra conciencia. Ese sujeto inicial de su narrativa, cosificado en un sentido fetichista y esteticista como objeto del deseo, se va construyendo hacia una visión de lo femenino raigal, matriz. Es la figuración del arquetipo de lo femenino que llega a la absoluta feminización del discurso lírico, símbolo final de su propuesta de deconstrucción falocéntrica, con los “Himnos de Magdalena” en Álbum del insomnio.

 

La segunda novela incluida en esta reedición, La hendija, que Julio Miranda reseña como un “hermoso libro” donde “vuelve a triunfar la construcción seriada como manera rica y suficiente de novelar”, con sus dos historias paralelas que a veces intercambian personajes y temáticas, según el autor es el “fin de la novela y la novela en esqueleto. Apogeo y autoconciencia de la técnica fragmentaria”. Especialmente, una mininovela o noveleta. Yo diría que aquí la brevedad y lo fragmentario, juntos, alcanzan su perfecto o propio sentido unitario. Por su parte, confiesa el autor en su prólogo a la presente edición:

 

La hendija fue el cierre de mi aventura novelística. No aporta mayor cosa a lo plasmado anteriormente, como no sea una intensificación del estilo y un más juicioso ejercicio de estructura. Quizás lo mejor que pueda decirse es que constituye una noveleta poemática, y que debe leerse como la osatura sintética de un encadenamiento de capítulos inescritos o escritos vagamente, es decir, un esquema.”

 

Esta última novela es la más acabada estructuralmente, con un trabajo de engarce de estructuras, por lo cual considero que es esencial y netamente constructivista (o como le gusta decir al autor, de estructura Pop). De ahí el premio Fundarte de narrativa que obtuvo en 1995. A propósito del premio, llama la atención que uno de los personajes centrales de La hendija lee una novela fragmentaria titulada “Zumo de nada” que a su vez obtiene el Premio Matracas. ¿Paradoja, ironía del destino, justicia poética? Pero hay más recurrencias que estas. En La hendija hay dos historias paralelas definidas que se cruzan en varios niveles. Los dos personajes centrales de cada serie son Pepe y Nana y configuran una pareja, o mitades andróginas, al estilo de amor rosa, en cuyo desencuentro amoroso viven sus propias historias. A su vez, en ambas historias hay al menos un personaje, junto a otros elementos, que se repiten o reflejan mutuamente, como en un espejo dentro de otro espejo. Así, las recurrencias y coincidencias también trabajan, intercalan o entrecruzan, varios elementos dentro del paralelismo de las dos series. Por ejemplo, en una de las series, Pepe lee la novela publicada y premiada “Zumo de Nada”, que es fragmentaria pero monumental y cuyo autor no es otro que un tal J.C. Arreaza. A su vez Pepe está escribiendo su novela que le da a leer a Menardo Reyes y este le dice que su libro serial es inconexo, que no logra “…hacer de los fragmentos un destino… No puedes llamar a eso una novela, ni siquiera una noveleta, mucho menos dos novelas entrelazadas, como pretendes”. Pepe entonces le responde: “—Yo trato de escribir a ras de la vida… yo creo que hay un santo azar que guía mi mano cuando pongo un fragmento detrás de otro…”. De este modo, Menardo “ejerce sobre él potencia una superyóica”, y constituye otro de los alter ego antagónicos, o alfa literario, tan presente en la obra del autor.

 

Ahora, para concluir, respecto a la propuesta fragmentaria del autor y sus repercusiones filosóficas, creo preciso puntualizar que esa metodología no mantiene correlación con las parcelaciones o segmentación de la percepción, de la vida y la realidad que la cultura occidental establece desde la razón, tanto de la experiencia como de la visión del universo, alienándose de toda visión de totalidad orgánica. No se trata de una lectura que fragmenta al mundo, o una fragmentación de lo macro desde lo micro. En el caso del autor hay, digamos, una vuelta a la relación intrínseca de la parte en el todo, y a la visión donde lo micro reproduce lo macro en la estructura orgánica fractal. De manera que hay una lectura o propuesta de simultaneidad del todo en la parte. Es decir, el macrocosmos en el microcosmos, o la lectura del todo que está contenido en la parte. Es el rescate del concepto original de esa visión orgánica que dice: como es aquí es allá, y viceversa. Una parte por el todo, pero en su esencia indivisible, que se refiere al metatodo inmanente[7] de la realidad. En este sentido, las temáticas recurrentes del autor convergen en una sola ars narrativa[8] que no es otra cosa que una poética, una poiesis, donde la unidad, en las recurrencias de sus tres novelas, reproduce también una unidad y efecto de conjunto.

 

 

[1] Bajo palabra, 7/7/1992: «Nueva narrativa venezolana, visiones y revisiones».

[2] Memoria y cuento. 30 años de narrativa venezolana: 1960-1990 (también en Re-cuento. Antología del relato breve venezolano: 1960-1990, 1994. Fundarte, Caracas: «Parálisis andante»); Antología del cuento latinoamericano del siglo XXI. Las horas y las hordas, 1997, Siglo XXI editores, México: «Carta a Iznamur»; El gesto de narrar. Antología del nuevo cuento venezolano, 1998. Monte ávila Editores, Caracas. «Parálisis andante»; Los escritores y la creación en Hispanoamérica, 2004. Editorial Castalia, Madrid. «El enigma del simulacro» y «Ars narrativa»; y Mínima expresión: una muestra de la minificción venezolana, 2009. Fundación para la Cultura Urbana, Caracas. Los textos provenientes de Crónicas y tópicas de la Edad de la Muerte y de Conceptos para una filosofía de bolsillo: «De anima», «Navis mundi», «Confesiones de un retórico», «Confesiones de un estoico» y «Amargura». Ambos, de Ediciones El Mar Arado, 2004.

[3] Papel literario, El Nacional, 2/10/1988: «Estado límite del hastío».

[4] El Diario de Caracas, 9/10/1988: «Una manera desolada de ser joven en Caracas».

[5] El Nacional, 31/1/1991: «álbum del insomnio».

[6] El Nacional, 1/11/1988: «El mundo insoportable que rodea a Zaori K.».

[7] Concepto tomado de las notas de cuadernos, manuscritos y esquemas del autor.

[8] «Aproximaciones a un Ars Narrativa imposible», que instaura su testimonio estético, o más bien un gesto estético. Fue inicialmente leído en la Bienal Nacional de Literatura Mariano Picón Salas, Mérida, 1993, publicado en la revista Dominios, en el capítulo sobre la poética narrativa: «El narrador y su arte», por la Universidad Nacional experimental Rafael María Baralt, No. 9: 1994, Zulia, y en Hipomanía.

 

 

Coral Pérez Gómez (1971)

Editora, poeta, ensayista, investigadora y pintora. Licenciada en Letras por la UCV (2005). Ha publicado crítica y ensayos literarios en revistas, las monografías de Premios Nacionales: Ida Gramcko: lo emotivo lúcido (2006), Vicente Gerbasi: relámpago extasiado entre dos noches (2007), y Alfredo Silva Estrada: poesía en proceso, laberinto en expansión (2009), y el poemario Tierra sin voz (2010).

 

Exposición Los rostros del mito, de Laura Solano
Publicado en Invitados.

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